Artículo publicado en el libro PERDIDOS EN LOS 80. Autor, Luis Cantabrana

Corría el año 1974-75. En aquellos años no existía el concepto de “disco bar”, las discotecas estaban en pleno auge y daban rienda suelta a las libertades que los jóvenes de la época demandaban. Lugares como Babieca, Liverpool (mas tarde Oh de Bailar), Parsifal, en la calle Sevilla, el primer Pachá de la calle Millán Astray, Zoom Zoom, etc, erán los lugares de moda y reunión.

Bohemios 1

Todo comenzó con Bohemios 1, posiblemente el primer bar de esta zona al que se le añadía música. Este icono de
finales de los setenta y principios de los ochenta, estaba situado en la misma calle Moncasi, muy cerca del Calibo y
casi esquina con Paseo Sagasta (en aquella época General Mola). Era un garito con poca luz, pequeño e inundado de un denso humo de olor dulzón que emanaba de los cigarrillos con “tropezones” que circulaban a ciertas horas por allí. Era un lugar perfecto para esconderse y escuchar a grupos míticos como Led Zeppelin o Fink Floid. Más tarde, en el local de una antigua fábrica de ropa de la zona, abrió “La Ideal”, un bar montado por el grupo de teatro “el Grifo”. Era un bar de planta y composición muy extraño, con una entrada angosta que daba paso al patio de luces de la casa con tejado. Tenía una zona de mesas donde la gente se imbuía en eternas tertulias, un escenario y una barra no menos sorprendente.

EL ROLLO

En 1976 se inaugura “El Rollo”, bar que le a posteriori, dio nombre a la zona. Otro garito raro, acondicionado en el local que ocupaba una tienda y que dejaron tal cual estaba la tienda. Recuerdo perfectamente que el escaparate del Rollo estaba lleno de pájaros. Que tiempos. Tengo que decir que en aquellos años y salvo raras excepciones, la inversión en estos bares era nula. No tenían insonorización, ni extracción de humos y muchas veces hasta daba miedo entrar a los baños. Era la ley del gasto mínimo.

Por dentro era un lugar singular, parecía la cabaña del Tío Tom, con bancos corridos de madera y forrado de cañas; todo un peligro en caso de incendio. Tenía un pequeñísimo escenario que daba pié a subir a tocar a todo aquel que lo demandase; y fumar y fumar, siempre con poca luz, muy poca luz. Llegaron a tener una notificación de la gobernación de la época donde se les indicaba que estaba prohibida la entrada a menores de 16 años a las zonas oscuras. Por “zona oscura” se entendía aquel espacio donde, por falta de luz, no se podía leer el periódico. En “El Rollo” se hizo muy famoso el que nosotros denominábamos irónicamente “jamón de mono” (cacahuetes) y la cerveza se vendía en orinales.

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El “IFI” (no es un error tipográfico) fue otro alarde de ingeniería de la época. Tras alquilar el antiguo local de un club, tiraron el tabique que separaba el reservado de la antigua barra, consiguiendo una nueva barra más larga, con dos alturas y con claras tendencias abertxales. En este local se leía el Egin y se bebía patxarán, y como no, se fumaba, siempre se fumaba. Luego llegó “El Tío Lucas”. En aquella época, todos los bares tenían cafetera, pero este también tenía comida, una novedad que revolucionó la zona. Con una pequeñísima plancha daban tentempiés a los parroquianos del lugar. Recuerdo como si fuese ahora los bocadillos de atún con mayonesa que preparaban.

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Finalizando la década de los 70, en el año 1979, abrió otro de los míticos de la zona del Rollo, “El Brujas”. El local donde se encontraba, también fué una pequeña tienda de ropa, y como era habitual en esa zona, la dejaron tal cual la encontraron, pusieron unos espejos (posiblemente para dar sensación de amplitud del bar) y en la zona de percheros se sentaba la gente. En este bar comenzaron a vender uno de esos licores que se relaciona con los ochenta solo por el nombre, la absenta. En aquella época se vendió mucha absenta, pero en el Brujas se pedía por cajas. Como curiosidad y para que os hagáis una idea de cómo se funcionaba en los ochenta, el almacén del Brujas estaba realquilado a un tercero y era donde se daba de comer. Era un espacio donde solo cabían unas 7 personas recenando bocatas con 4 botes de Ketchup.

BABORINA

Luego llegó “A Tabierna D’Borina”, que mas tarde se convertiría en parte del “Buitaker”, situado frente a “El Plácido”. Este último era un lugar muy peculiar donde se bebían porrones de moscatel y cerveza, vinos servidos directamente de las cubas como en las bodegas de toda la vida y las jarras funcionaban con un caótico pero controlado autoservicio regentado por Plácido desde su silla de ruedas, y colocado estratégicamente para controlar a todo el garito y su “selecta clientela”. Esta anécdota que os acabo de contar, trae a mi memoria a “Félix”. Regentaba una tienda de vinos a la que familiarmente llamábamos “Cuadra Félix”; situada en el local donde luego se instaló la Sala “En Bruto”. Era un lugar como “El Plácido” pero mucho más grande, mucho más bruto y sobre todo, mucho más guarro, muy guarro. Recuerdo los recorridos que se hacían en aquella época, El Parros, Bandido, Los Picapiedra, Zurracapote, Tócame Roque… donde los penaltis, los litros de cerveza y las morcillas con chorizo fueron nuestro exquisito menú durante esos años.

Retomando el relato, después de “El Brujas” llegó “Brother”, que mas tarde se llamaría “17”, donde las bebidas oficiales eran las absentas y los Martini. Las cuadrillas hacían un fondo común y el “tesorero” del grupo era el encargado de negociar con el regente del bar el coste de las rondas y así conseguir precios más interesantes o alguna ronda gratis. Lo que si conseguía casi siempre era tener el taxi de vuelta a casa gratis. A principio del 80 abrió el “Orígenes”, junto al “Alaska”. El Alaska es un bar de toda la vida y que todavía sigue abierto. Típico bar de barrio con su guiñote, café y tapas. A principios de la década, las redadas de los grises eran casi diarias en la zona ya que por aquel entonces se aglutinaban en algunos locales toda la prole izquierdista de la época y eran tiempos convulsos. Chunteros, feministas y otros grupos hacían sus asambleas en esos locales y luego… a mojarlo por los distintos bares.

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En el año 83 abrió “El Papus”, regentado por un personaje histriónico, en un local pequeño con cuatro bombillas de
obra y la música a todo trapo. Al año siguiente inauguró el “Druida” con mesitas tipo tertulia, música, bocadillos y de
todo… En el 85 se montó con pocos medios el “Atrio”, donde la música y cervezas era el menú oficial. Ese mismo año
también apareció “El Desastre”. Un año más tarde inauguró el “Galán Peineto”. Un bar con un nuevo estilo y totalmente diferente a los bares que le rodeaban. Pinchaban música discoteca y tenían como bebida oficial el “cubata”. Fue otra alternativa en la zona totalmente diferente. Durante los años 1986 y 1987 hubo una “zona oscura”
dentro del Rollo, donde los heroinómanos campaban a sus anchas. Casi acaban con la zona, el ambiente se volvió
demasiado duro. Mientras tanto “Atrio” seguía con su estilo de música española novedosa y con mucho tirón. Allí sonaron las primeras canciones de Tako, Wendal, Celtas Cortos y otros. Ese mismo año llegó un tipo famoso, Oliván, que en 1987 montó “El Kutre”, un bar todo pintado de blanco y que trajo nuevos aires y nueva gente a la zona. El fue el que propuso un sistema de limpieza privado para las calles y después otro de seguridad, para limar asperezas con los vecinos, muy cansados de tantas movidas ya en aquellos años. Todas estas medidas consensuadas y aceptadas entre todos los garitos consiguió limpiar la zona de gente que no queríamos allí y fue cuando realmente la zona del Rollo alcanzó su máximo esplendor.

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A partir de 1988, los garitos que en un principio eran tranquilos, de largas tertulias y pausado ritmo, quitaron las mesas y se reconvirtieron en “cañeros”. En aquellos años, y según la cuadrilla que llegaba al bar, se les ponía la música que sabíamos les gustaban. Por ejemplo, en el “Atrio”, aparecían la cuadrilla de Mauricio Aznar, y nada más entrar se les ponía el disco de Los Gatos Locos; la fauna y flora de los asistentes era muy variopinta y diversa. En el 89, el mismo dueño del Tío Lucas (más tarde JB), abrió “El Celeste”, también con un espíritu tranquilo y de tertulia. El Rollo ya se había convertido en una zona multitudinaria.

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El “Galán Peineto” era el preferido de las chavalas que acudían a la zona y por lo tanto al que arrastraban a todos los tíos que iban detrás de ellas. A partir del boom de la zona, fueron llegando nuevos bares, “A ti que te importa” (que era donde se reunían fumadores empedernidos), el “Piramis” (con actuaciones en directo), el “Kiwi”, “La Concordia”, el “Bis a Bis”, “Las Antípodas”, el Pepe Leshes, Metropol, Devizio, 16, Buitaker, Limbo, Capitán Trueno, Elub-Elub, Glam. No quiero olvidarme del Bonsay (su nombre indica el tamaño que tenía) y sus míticas partidas de cartas. El inolvidable “Interferencias” que creó su propio sello discográfico y sus parroquianos incondicionales. La Ballena, en el que se reunían muchos punkis de la época, el Escondido, el Otro, la Tronada, el Erres, el Norte, el Cha-Cha-Cha (antes Andreas), y otros muchos que ahora mismo no consigo recordar…

Los hermanos Gayoso Escaparate Zaragoza

Un capítulo aparte merecería uno de los centros de reunión de modernos y tendencias New Wave. El Escaparate en la calle Moncasi fue un referente por donde pasaron los componentes de grupos emergentes aragoneses de la década y donde se escuchaba su música sin parar.